En ese ensueño
del cual pocos sobreviven, el mío, la mera vida presta que he llevado. Sonarían
campanas infernales pero realmente es una triste guitarra de palo, jadeando
acordes robustos. Son las dos de la madrugada en el purgatorio, a partir de
esta hora penetro la nada sin rencores y me sumerjo en lo profundo, ligero
apenas, en la oceanografía del ser. Llevo eones cavilando, desenterrando la
cabeza. Las noches desgastadas sirviendo al demonio de la bebida y la alegría.
Hermano mío, duende acumulador de remedios y amuletos. Sr. Flox, como todos lo
llamábamos. Serpiente regordeta, enemiga de los débiles. Perdón, estoy resplandeciendo, virando al rojo. Ando, dispuesto a los
crepúsculos… Mañana hace hambre, me dije en un poema, mañana que es para
siempre, o casi. Ya han pasado siglos desde la caída del gran orbe. Ayuda saber
que jamás volverán las sutilezas ni volará una sola ave del cielo. Más lento,
creo poder narrarlo. Tomar las sutilezas con todo lo demás y crear un cuento.
Una historia regida por un pulso borracho o más bien anonadado. Suplicante de
imágenes contundentes. Pero no podría ser de un modo rotundo. Mejor una
alabanza al caos. Un poema. Casi como un lamento. Divagante, con pasos firmes
pero sin rumbo, así delatando al olvido. Renaciendo también o tratando apenas.
Nutriendo una verdad detenida en las luchas de contrarios de un ser multiforme.
Piedra de mi cuerpo, anhelo de persona. He dicho tanto sin decir nada. Señalando
sin mostrar. Ando como síncopa por el desierto, derramando el alma paso a paso.
Saboreando la arena en los labios. Divulgando latido a latido.


